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divendres, 2 de juny de 2017

Friedrich Dürrenmatt en 1958 y 2001 (II)




La envidiable calidad intelectual de Friedrich Dürrenmatt que le permitía mostrarse polifacético a muy buenos niveles seguramente fuese la razón por la que el escritor helvético decidiera retocar, redondear, finalizar y en definitiva, para lo que nos interesa, alterar parcialmente su propia obra. Ese remodelaje se hace evidente en el ejemplo que citábamos hace poco, señalando la pervivencia de su teatro, focalizado en Proceso por la sombra de un burro, pieza que a buen seguro difiere en su presentación teatral de lo que en principio fue guión radiofónico, con independencia ¡ay! de la costumbre de algunos directores teatrales de "escribir su propia versión" de una obra terminada.

El apunte teatral viene de nuevo de perillas y no porque pretenda referirme al supuesto "homenaje" que uno que pasa por escritor haya podido realizar a la película El cebo al punto de "aprovechar" también el trabajo del célebre JANO como cartelista de lujo.

Pero indudablemente la costumbre de Dürrenmatt ha provocado no poca confusión que explicaré brevemente tal como la he entendido suponiendo que acierto:

Ejerciendo su derecho de autor de la idea básica y evidentemente no satisfecho del todo con el resultado obtenido en pantalla, Dürrenmatt se aplicó a remodelar el guión escrito para El cebo y con una brevedad encomiable (para un editor, desde luego) presentó una novela que tituló La promesa añadiendo un subtítulo: Réquiem por la novela policíaca.

Tampoco es que se trate de una venganza ni de un interés específico del autor de cancelar su unión con una película de cine negro: Dúrrenmatt, según sus propias declaraciones, quiso -y consiguió- ampliar el relato policial y reconvertirlo en un estudio de las virtudes y vicios humanos, explicando con detalle las circunstancias, hechos queridos e impuestos, actos que conforman unos caracteres psicológicos ya apuntados en el guión cinematográfico y ampliados en la novela, que merece ser leída y especialmente por quienes hayan visto El cebo.

Aunque Dürrenmatt de alguna forma pretenda desligarse de El cebo e incluso del factor detectivesco, es evidente que admite la posibilidad que el futuro lector de la novela haya visto la película, pero ello no tan sólo no le molesta. sino que, muy al contrario, esa memoria visual le ayuda; porque ha realizado modificaciones: algunas triviales, centradas en detalles que no vimos en el metraje rodado por Vajda, pero otras de calado, muy importantes: desplaza el interés del lector de la intriga que trata de resolver el comisario a cómo ha acabado la historia en la forma en que se nos presenta, pues Dürrenmatt no duda en aplicar a su novela la técnica tan cinematográfica del relato narrado en clave de pasado: ¡un flashback! dirá el cinéfilo: pues sí, un apasionante flashback, muy bien escrito, una disección tanto del alma humana como también de una sociedad en cuyo seno ocurren crímenes execrables, en ocasiones con algún que otro beneplácito inesperado. Por resumir, diría que Dürrenmatt sigue centrado en el policía Matthai pero ahora, en las consecuencias de su decisión, que no serán tampoco gratuítas para la pequeña Annemarie y su madre, en un final muy amargo.

La estructura elegida por Dürrenmatt para su novela no desvanece, a pesar del subtítulo referido, el interés que pueda tener el fiel lector de tramas detectivescas porque el estilo literario del novelista, notable dramaturgo, domina el tempo a través de diálogos precisos y ajustados y los acontecimientos que ayudarán a desvelar parte del enigma aparecen en el momento oportuno. La novedad radica en el efecto que todo ello causa en el verdadero protagonista de esta historia sobre un tercero que nos cuenta, substituídos nosotros, lectores, en la figura de un oyente escritor.

La pronta aparición de La promesa y el tiempo transcurrido, unido todo ello a la falta de curiosidad y tiempo para buscar, ha conducido a un error común en varios lugares donde uno suele recabar información básica: quede claro, de una vez y por todas, que la película de Vajda es anterior a la publicación de la novela La promesa y que, aún teniendo parentesco por filiación paterna, la película, como ya dije, pertenece a tres padres, y la novela, a uno solo.

Ya en este siglo aparece en las pantallas de cine una versión de La promesa, iniciativa del actor y director Sean Penn.

No hace falta imaginar cómo llegó a su interés, bien como resultado de haber visto El cebo, bien como efecto de haber leído La promesa, bien por ambas, bien, como cabe en pura lógica, por el interés de Penn acerca de Dürrenmatt, siendo indudable, vista su trayectoria, que Sean Penn es un actor que lee algo más que guiones.


Su película, titulada The pledge (2001) (el tonto traductor de turno pierde la oportunidad de la relación con la novela y original y más chulo que un ocho, lo deja como El juramento), a poco que se repare en el grupo de participantes huele a salchichas quemadas en una barbacoa, cervezas frescas y remojones en una piscina "y luego hablaremos de una idea que he tenido"

La pareja Jerzy & Mary-Olson Kromolowski se encargan de confeccionar un guión que sigue con bastante fidelidad -yo diría que excesiva- la novela escrita por Dürrenmatt, realizando algunos pequeños cambios, más que nada adaptaciones podríamos decir que "territoriales" no en vano la acción se traslada de continente, evidentemente para mayor comodidad y economía y buscando la empatía del estadounidense medio.

El elenco está formado por los más allegados a Sean Penn, incluyendo a la entonces su esposa, Robin Wright, que, con el cabeza de lista Jack Nicholson y la niña Taryn Knowles, realizan unas representaciones que van del histrionismo más desatado al control inusitado de unas emociones desatadas que vienen a convertirse en verdadero lastre.

La película de Penn goza de la contribución de muy buenos intérpretes en papeles tan cortos que son casi cameos. Lástima que no haya por ahí ningún director capaz de haber organizado un ensayo previo sin salchichas ni cerveza y que con independencia del afecto y cariño que como amigo sienta, sepa ponerse serio al momento de solicitar una nueva toma y, si es el caso, comentar aparte aspectos que se van al diablo a causa del buen rollete.

Lo mismo ocurre con una moviola que se revela ineficaz, permitiendo que la pieza se desmande y se alargue hasta los innecesarios -y a todas luces excesivos- ciento veinticuatro minutos, más de dos horas para trasladar una novela corta que no llega a ciento sesenta páginas.

El cinéfilo supondrá que el gran Jack estará desatado y nada más lejos de la realidad. Nicholson evidentemente se leyó no pocas veces la novela de Dürrenmatt y captó perfectamente la psicología e idiosincrasia del policía insatisfecho, pertinaz, constante, un tipo de esos capaz de practicar un agujero en el hielo y pasar horas aguardando que pique un desgraciado pez. Diría que lo mejor de la película es el trabajo de Nicholson y de Robin Wright y lo peor las amistosas contribuciones de Aaron Eckhart y Benicio del Toro, tanto como la falta de pulso de Sean Penn en el momento de imprimir un ritmo correcto a la película.

Esta película tiene un valor añadido para el cinéfilo: si lo pensamos bien, es una demostración patente de las dificultades de trasladar según qué novelas al cine: recordemos que La promesa es una novela nacida a partir de un guión cinematográfico y, vista The pledge, uno diría que, para conseguir una buena película de ese material, sería aconsejable eliminar inicio y final, y, más o menos, confeccionar un guión semejante al de El cebo. Un debate que, a priori, parece interesante. Y entonces, sí que nos encontraríamos frente a un refrito, cual no es, en verdad, el caso.

Habiendo visto El cebo y leída La promesa, ver la película de Sean Penn es un ejercicio interesante, aunque la película, en sí misma, no pase de correcta.









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dimecres, 31 de maig de 2017

Friedrich Dürrenmatt en 1958 y 2001 (I)





Nombrar al polifacético Friedrich Dürrenmatt en estos días produce en el comentarista el irrazonable pánico a ser tildado de pedante pese a que los herrerenses que no sean aficionados al fútbol inmediatamente - supongo - estarán al cabo de la referencia, no en vano el pasado sábado, 27 de mayo de 2017, pudieron disfrutar de una representación (que espero fuese buena) de la afamada Proceso por la sombra de un burro, en el teatro de la Casa de Cultura de la palentina localidad de Herrera de Pisuerga, lo que demuestra claramente que Dürrenmatt, que la escribió en 1951, todavía logra interesar al público amante del teatro bien escrito, aquel que defiende ideas sin aburrir, con independencia de la época. En otras palabras, un clásico.

Curiosamente, la famosísima pieza teatral (muy corta: un sólo acto con diecisiete escenas breves) nació como guión radiofónico; el autor suizo nunca hizo ascos a colaboraciones en medios no estrictamente literarios, por suerte. Otro tanto ocurrió a finales de la década de los cincuenta cuando el escritor, ya plenamente reconocido por crítica y ciudadanía lectora en general, fue requerido para escribir un guión cinematográfico sobre un tema que ya entonces empezaba a preocupar en los cantones helvéticos: los crímenes cometidos sobre menores de edad.

Dürrenmatt había tenido mucho éxito con su novela El juez y su verdugo, de 1952, en la que con la apariencia de una intriga policial hurga en las complejidades de la venganza, el bien y el mal (se lee de un tirón: bien escrita, al modo de un dramaturgo, ofreciendo diálogos buenos e imágenes elípticas concatenándose hasta el final, lógico), así que cuando algunas buenas gentes quisieron que se realizara una película sobre tema tan candente a mediados del siglo pasado (y por desgracia, actual) como el asesinato de niños, buscando no una película de acción sino un reclamo de atención al sinsentido ético del criminal, no tuvieron que pensar mucho para decidirse por Dürrenmatt, quien se encargó de pergeñar la idea básica, desarrollar un guión literario y luego pulirlo y retocarlo con la ayuda del veterano guionista polaco Hans Jacoby y del que iba a ser el director de la película, el húngaro Ladislao Vajda quien, asentado en España desde varios años antes, había triunfado en Cannes con Marcelino pan y vino (que a mí, personalmente, habiéndola visto en el cine en varios reestrenos, nunca me gustó, por excesivamente llorona) y evidentemente era un director acostumbrado a trabajar con niños, lo cual como todos sabemos, es casi tan difícil como trabajar con animales, según aseguraba Don Alfred con sarcasmo.

Una coproducción emprendida por tres productoras de España, Suiza y Alemania en una época en la que las fronteras eran más fuertes, especialmente en los aspectos culturales, intentando exponer seriamente una problemática que podía derivar en mero pastiche de la serie D, era una aventura que a priori tenía más riesgo que posibilidades de éxito. La aportación principal de la española Chamartín Producciones fue el concurso del citado Ladislao Vajda como director más la presencia de la actriz María Rosa Salgado y Julio Peña como montador, ya conocido por Vajda de anteriores ocasiones.

Teniendo el guión tres padres y conociendo su desarrollo ulterior, podemos suponer que la responsabilidad de la película de 1958 titulada en castellano El cebo y en alemán Es geschah am hellichten tag (Ocurrió a plena luz del día) cae más sobre los hombros de Ladislao Vajda que sobre los del afamado Friedrich Dúrrenmatt. Así, podemos decir sin ambages que se trata de una de las mejores películas de cine negro española, entendiendo por supuesto como cine negro aquel tipo de cine que, basándose en aspectos criminales que alteran el curso de la vida cotidiana, más allá de la mera acción física e incluso de la metodología empleada para resolver una intriga, se adentra en los recovecos del alma humana intentando comprender una psicología particular, peculiar, insólita.

Como sucede con la novela, la negritud de una propuesta implica la adopción de un riesgo, el de caer en uno de los aspectos del conjunto en detrimento de los demás. En pocos géneros como el negro el equilibrio es fundamental para conseguir una pieza redonda y cuando se consigue, el nivel de aceptación, tanto de crítica como comercial, suele ser elevado.

La trama ideada por Dürrenmatt se ceñía en origen mucho a la propuesta que le pidieron: el asesinato de tres niñas con la única conexión de su apariencia externa y edad, rubias vestidas con falda roja y alrededor de los ocho años, provoca la preocupación de la policía suponiendo hallarse ante lo que mucho más tarde se conocería como asesino en serie y el dramaturgo, pintor, novelista y ocasional guionista aprovecha para introducir un factor especial: quien se ocupará de la persecución del criminal será un comisario, Matthäi, que abandona su puesto en la policía en Berna para trasladarse a Jordania, donde deberá ocuparse de enseñarles técnicas al tiempo que dirigirá la reorganización del cuerpo policial jordano. Pero en el mismo avión que va a llevarle a oriente se acuerda que prometió a la madre de la última víctima dar con el asesino. Y baja del avión.

Ese comisario retirado que abandona una misión casi diplomática no lo hace, en realidad, por la promesa hecha de dar con el criminal. Porque ya detuvieron a un buhonero que tras duro interrogatorio se confesó culpable; que luego se suicidara, fue un error de custodia y una suerte para evitar un juicio trágico de memoria. Matthäi baja del avión porque, en el fondo, no está convencido de que el buhonero Jacquier, al que conocía de antaño, fuese capaz de asesinar a una niña y menos a tres.

En El cebo, la mano sabia de Ladislao Vajda conduce la cámara con estilo casi documental en muchas escenas, especialmente los exteriores; probablemente un presupuesto ajustado ayudó bastante a la economía visual que con su brevedad otorga ligereza al relato sin restarle profundidad, pues los diálogos, contando con el dramaturgo Dürrenmatt, son muy eficaces sin caer en efectismos literarios: Vajda, mientras nos muestra los pasos que el comisario efectúa en sus pesquisas en soledad y con tesón, hace que conozcamos al personaje y entendamos su anhelo y decisión y sus ardides y triquiñuelas, algunas de ellas traspasando la ética profesional y humana, produciendo en el espectador una empatía tensa, un deseo de que toda esa locura, apenas apuntada, reflejada en gestos simples como la adopción del vicio de fumar, acabe bien. En el otro lado de la balanza, Vajda nos coloca a un criminal complejo, un individuo agobiado por una existencia sometida a las órdenes ajenas que actúa como un autómata hasta explotar empuñando una navaja de afeitar ensangrentada.

Vajda concilia de forma excelente los detalles propios de la investigación detectivesca y pese a disponer de una pieza de metraje clásico -95 minutos- es capaz de hacer discurrir el tiempo imaginario de forma inexorable para otorgar a cada uno de los avances en el camino inquisidor la potencia necesaria para que el atento espectador sienta la premura, el advenimiento de un nuevo crimen y la dificultad de poder impedirlo y mientras crece el interés por la resolución de la intriga crece también la duda sobre la capacidad del comisario para superar el empeño sin dejar su mente en ello, en una pirueta en la que la fatalidad puede tener capacidad decisoria, siendo el respetable público consciente que, de una forma u otra, lo que está en riesgo es la vida de una inocente criatura, que se halla en tal situación por la decisión de alguien que, deshumanizándola un poco, pretende usarla y en ése aspecto la intervención de Dürrenmatt es cabal, confiriendo con su trabajo de experto literato esa profundidad psicológica y filosófica que enriquece la trama policial.

El medido rodaje dirigido por Vajda se beneficia de la solidez de Heinz Rühmann incorporando al comisario, así como las intervenciones de Michel Simon dando vida al buhonero Jacquier con mucha fuerza, y un casi desconocido Gert Fröbe que borda la complejidad del asesino Schrott, y, en el centro de todo ello, María Rosa Salgado como Sra. Heller y la niña Anita von Ow como Annemarie Heller, se erigen en foco de atención al haberse constituído, sin saberlo, en el cebo urdido por el comisario para atrapar al criminal. Un elenco de intérpretes que cumplen con creces su cometido, lo que demuestra que Vajda no tan sólo sabe emplazar la cámara: también sabe aprovechar al máximo el trabajo de sus colaboradores, lo cual se hace evidente al contemplar tranquilamente la estupenda caligrafía cinematográfica que sabe mantener el ritmo perfectamente, sin momentos huecos ni innecesarios: nada le falta ni le sobra a esta película que pertenece, por derecho propio, al selecto grupo de las mejores de la cinematografía española.

Una película, en definitiva, que cualquier cinéfilo debería tener en su estantería para poder comprobar de vez en cuando que con poco presupuesto y mucha inteligencia se puede hacer Cine con mayúsculas. Imperdible.



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diumenge, 30 d’abril de 2017

La Calumnia (La primera)





Esta entrada viene, ocho años más tarde, a completar una serie de tres comentarios en torno a la versión cinematográfica de la obra teatral de Lillian Hellman titulada The Children's Hour y que se conoció por estos lares como La Calumnia, ajustándose de hecho y por derecho a la intención de su autora que había introducido con valentía unos sentimientos lésbicos que para la época de su estreno en Broadway, 20 de noviembre de 1934, eran arriesgados. Para el cine, absolutamente impensable.

Sin embargo, Samuel Goldwyn, viendo que la pieza teatral era un éxito total (691 representaciones, hasta julio de 1936), decidió adquirir los derechos cinematográficos. Otra cuestión era la posibilidad de llevar adelante tal empeño, porque la censura inmediatamente estableció todos los requisitos necesarios para conseguir que la futura película en nada recordara a la "escabrosa" pieza teatral.

Uno no puede menos que admirarse ante el valor de Samuel Goldwyn armado de constancia, tesón y férrea decisión de ganarse sus buenos emolumentos llevando a la pantalla obras literarias de reconocido y sólido prestigio, sin importarle los escollos que la muy timorata administración, pensando en el bien moral de la ciudadanía en general, o sea, aquellos estadounidenses que no podían por cualquier razón asistir a las representaciones teatrales, más libres, iba a disponer como cumplimiento de su alto mandato moralista.

Goldwyn, además de comprar los derechos cinematográficos, se aseguró la colaboración de Lillian Hellman como guionista al servicio de sus estudios; por allí tenía en plantilla a Miriam Hopkins, Merle Oberon y Joel McCrea; este último llevaba tiempo intentando que su patrón fichara a su esposa, Frances Dee y a tal efecto le instó a que viese su última película, The Gay Deception, de la Twentieth Century-Fox, que gustó a Samuel Goldwyn bastante: lo malo, para McCrea, es que se interesó no por su estrella femenina si no por su director, William Wyler, a la sazón terminando contrato y en busca de nuevos aires más permisivos y favorables a sus intereses artísticos.

De hecho, cuando Goldwyn se interesó por contratar a Wyler ya Lillian Hellman había elaborado algún esbozo de guión, lo que indica claramente que el productor estaba muy determinado a llevar al cine la pieza, aunque no pudiese ni siquiera titularla The Children's Hour para evitar cualquier conexión con el texto teatral. Al saber Wyler por su agente que Goldwyn quería contratarle para encargarle una película basada en el famoso drama, pensó que Goldwyn había perdido el buen juicio pues estaba seguro que la oficina censora ejecutora del famoso Código Hays no iba a permitir tamaña osadía. Wyler no imaginaba que ya Lillian Hellman estaba trabajando en ello, modificando el original hasta pulirlo para que pudiese ser exhibido en pantalla.

Lillian Hellman y William Wyler congeniaron de inmediato por cercanía intelectual que les permitió trabajar sin apenas desencuentros: la escritora se sintió liberada cuando el cineasta le aseguró que no le hacían ninguna falta indicaciones relativas a las acciones físicas ni emplazamientos, con lo que la literata pudo dedicarse de pleno a crear la psicología de los personajes.

Wyler se encontró con el reparto hecho en base a las tres estrellas del estudio, Hopkins, Oberon y McCrea, pero, lejos de ser un novato, aprovechó la oportunidad para responsabilizarse de la elección de la niña que causará todo el estropicio: eligió a Bonita Granville, a la sazón una jovencísima veterana de trece años de edad en su décima película. Wyler, entendiendo perfectamente que la intención de Hellman era remarcar la maldad intrínseca de la calumnia, cuidó con esmero el personaje de la pequeña Mary Tilford y por lo tanto dirigió como él sabía a Bonita Granville, que, años más tarde recordaría el espléndido trato que le dió el director, siempre atento y cariñoso, enseñándole cada día aspectos de la interpretación, cómo moverse, cómo escuchar a otro personaje, etc., siempre con amabilidad y paciencia, sin alzar nunca la voz.

El resultado, obvio, fue que Bonita Granville obtuvo su única nominación al Oscar como actriz secundaria y que Merle Oberon echara pestes contra Wyler quejándose de atender con excesiva atención a "esa renacuaja", consciente que la niña robaba las escenas con facilidad gracias al apoyo explícito de Wyler.

Wyler, además del elenco, se encontró con un director de fotografía asignado: Greg Toland tardó poco en manifestarle que ni le hacían ninguna falta ni le gustaban las indicaciones del director: usa el objetivo de 45mm, coloca la cámara de ese modo, etcétera, habituales en Wyler cuando trabajó anteriormente: Toland sabía lo que se hacía, porque se había leído el guión y había tomado notas. Wyler quedó encantado de trabajar con un cámara al que no tenía que enseñarle nada, con el que preparaba de antemano los rodajes diarios comentando los diferentes aspectos técnicos: Toland era tan meticuloso como Wyler, así que se entendieron de maravilla.

El escritor Dashiell Hammet -compañero sentimental de Lillian Hellman- leyó, buscando inspiración, un libro que compilaba casos de los tribunales británicos: llamó su atención la historia de dos jóvenes maestras, fundadoras de una escuela para señoritas, acusadas de mostrarse "especialmente afectivas" frente a sus alumnas, según aseguró una tal Jane Cumming, joven alumna, que corrió a decírselo a su abuela, Helen Cumming Gordon, señora de prestigio social, que en dos días consiguió que todas las familias retiraran de la escuela a sus niñas, provocando la ruina de la escuela: hubo un juicio por calumnia que perdieron las profesoras hasta que en posterior apelación ganaron, pero no recibieron satisfacción hasta once años más tarde.

Hammet pensó que la historia daba para una buena pieza, pero sintió que se ajustaba más al estilo de su compañera Lillian.

Hellman ya llevaba tiempo fascinada por la fuerza de los conceptos malévolos y procedió, como sabemos, a escribir su famosa obra, The Children's Hour, sin otorgar a los aspectos lésbicos preponderancia, pues lo que a ella interesaba era, fundamentalmente, la insólita maldad de la pequeña Mary Tilford.

Wyler se encontró pues con una versión remozada por la misma autora sin perder un ápice de potencia en la descripción de lo principal: si acaso, hay un refuerzo en un personaje que en esta primera versión (no podemos olvidar jamás la magistral segunda) concita también los peores deseos del espectador: la tía Lily (Catherine Doucet, espléndida) es casi tan odiosa en su puro egoísmo e hipocresía como la malvada Mary.

Titulada -por imperativos legales- These Three (1936) (Esos tres, 1940) esta primera versión de la obra de Lillian Hellman a manos de William Wyler fue un éxito considerable en su momento, por varias razones:

Wyler, compinchado con Toland, empieza a mostrar una forma de filmar las historias melodramáticas que se aleja de la mera ficción, buscando un realismo en todos los aspectos que trata de reflejar en pantalla una trama que resulte cercana al espectador consiguiendo su identificación por empatía sin que haya rastro de admiración por los personajes y por supuesto de los intérpretes que los representan, lo cual comporta cambios en la forma de trabajar: se acabó la costumbre de buscar el plano que favorezca más a la estrella de cine: la cámara al servicio de la historia, ya que la historia que se cuenta es lo principal: ello conduce a la búsqueda del naturalismo sin que represente, ni mucho menos, el olvido de la caligrafía cinematográfica y el aprovechamiento de los elementos físicos para reforzar la trama.

Naturalmente, tratándose de Wyler, ya existe en These Three el uso de unos interiores elaborados y especialmente las escaleras que refuerzan el poder y la sumisión según el emplazamiento en ellas y la cámara se moverá en distintas alturas según la estatura del personaje y sus sentimientos: Wyler cuida mucho la forma de filmar a Bonita Granville y también a Marcia Mae Jones, la sufrida Rosalie Wells, acorralada anímicamente y filmada de forma que parece prisionera de sus propios errores, casi que falta de aire: Wyler monta unos decorados perfectos en todos los interiores sin que nada en absoluto delate el origen teatral del texto, aunque es forzoso admitir que el guión de Hellman es una maravilla en cuanto a ritmo y a diálogos.

Por adolecer -y no pudiendo olvidar la segunda y definitiva versión- de algo, esta película falla en su inicio, un poco moroso, y en su final, acomodado al "final feliz" tan propio de la época, quizás impuesto por Samuel Goldwyn, conocedor de su público, al que, no obstante, ofreció la oportunidad de ver una película rompedora para su época, una buena muestra de cine que ningún cinéfilo que se precie debería desechar si acaso la tiene a su alcance, lo cual es casi tan difícil como leer la obra de teatro en que se basa, o el guión literario, que debe existir en alguna parte ignota de momento.









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diumenge, 23 d’abril de 2017

Sant Jordi y la UNC




El día de hoy, 23 de abril, se celebra la festividad de Sant Jordi, San Jorge, Saint George y como quiera que se denomine en la lengua de cada quien y, además, se ha convertido con el paso de los años y la inestimable colaboración y ayuda desinteresada de las editoriales en el día dedicado a los libros.

Hubiese preferido que fuera el día de la lectura, pero eso es porque soy un quisquilloso. Me lo digo yo mismo y así ahorramos...

El caso es que hace unos días, buscando otra cosa en internet, acudo a mi archivo de páginas interesantes y me traslado hasta la web archive.org y, ya que estoy en ella, sintiendo próxima la efemérides de Sant Jordi, me digo a mí mismo: ¿Y si por aquí hay algo de libros libres interesante?

Así que, ni corto ni perezoso, hago click en el icono de los libros y bajando hasta la página 2 me voy al apartado titulado Spanish Drama comprobando que hay contabilizados a esta fecha 11.542 volúmenes y me quedo más que sorprendido, pasmado, al comprobar que la muy eficaz y eficiente Universidad de Carolina del Norte se ha dedicado a digitalizar un buen número de piezas escritas en castellano y en catalán, ediciones algunas que son inalcanzables en los libreros de viejo de Barcelona y que si acaso existen en alguna facultad de por aquí los deben tener en algún recóndito espacio, bien guardadas, no vayan a constiparse.

La página de archivos generales enlazada por sí misma es un tesoro público a descubrir pues dirige a muchísimos lugares digitales que comparten sabiduría compuesta por datos y conocimiento y la UNC, al parecer la universidad más antigua de los Estados Unidos de Norteamérica, no por antigua es tan roñosa, engreída y cicatera como otros lugares en teoría destinados a fomentar la cultura ciudadana.

Puestos a rizar el rizo y ante la enorme cantidad de piezas a hojear, algunas interesantes y otras para mí no tanto, me digo que, ya que en esa categoría de "Spanish Drama" hay casi que de todo, me dispongo a usar el buscador.

Y voy y me digo: ya que se acerca Sant Jordi, busquemos si tienen algo.

Y mira, sí que lo tienen: Sant Jordi mata l'aranya, un juguete cómico, como se les denomina o casi que mejor denominaba, pues el uso me temo ha decaído.

No es una pieza de fácil lectura para quien no domine el catalán y tampoco es que sea una maravilla: pero me quito el sombrero ante el departamento de literatura de la UNC por disponer de tantos libros interesantes para el estudiante y mi gratitud expresa a grado sumo por ofrecer públicamente ese fondo libresco tan peculiar.

Me quedo con las ganas de saber cómo han conseguido disponer de tales piezas: quizás algún turista avisado tropezó con un contenedor en Els Encants y lo mercó pensando en la UNC, pero luego, evidentemente, hay que escanerlo (y muy bien, por cierto) antes de decidir compartirlo urbi et orbi.

Eso que hace la UNC es CULTURA, con mayúsculas.





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divendres, 31 de març de 2017

Ben y los malditos 130 minutos








O más.

Me ha parecido una desafortunada coincidencia para Ben Affleck el conjunto de tres películas que se estrenaron con fecha de 2016 y que he ido viendo a lo largo de la temporada, alguna con más retraso que otra.

Desafortunada, digo, porque es un terceto irregular que seguramente no dejará marca alguna más allá de los comentarios coetáneos:

Su incursión como Batman en la plúmbea Batman v Superman: El amanecer de la justicia que, además, promete ser la primera incursión, dejó al respetable plácidamente dormido ante las nada respetables ínfulas de Zack Snyder, probablemente uno de los directores más sobrevalorados de este siglo que padecemos -cinematográficamente hablando- y mira que tiene competencia por ocupar tan privilegiado lugar.

La cinta de los dos súper héroes con más pedigrí, con un metraje que alcanza las dos horas y media, o sea, 150 minutos de la vida de cada espectador, acaba por ser un marasmo de ideas pseudo filosóficas mal presentadas con unas pretensiones tan hinchadas que acaban por dar pena. Quizás la pléyade de guionistas que se ocupan de una historia tan endeble hubiese salido victoriosa con un metraje más ajustado, digamos de 90 minutitos y ya vale: total, para lo que van a contar, hasta sobran un par. Affleck y Cavill hacen lo que pueden, pero el conjunto es plúmbeo. El montaje, inexistente.

Después, el amigo Ben se pone a las órdenes de Gavin O'Connor (que amenaza con una nueva revisión del moscardón verde [supuestamente por el fracaso del inmediato anterior]) en una cinta con un guión original de Bill Dubuque, El contable que goza de una premisa a priori interesante que se va destruyendo a sí misma conforme van transcurriendo los minutos y la trama se va complicando hasta caer en el ridículo más absoluto con un encuentro de hondas raigambres familiares: el reencuentro de dos hermanos. Una historia que se la de las manos a Gavin cuando decide someterse a la norma no escrita que una película debe durar más de dos horas: en su caso, ocho minutos de regalo, cuando en verdad, le sobrarían bien contados casi veinte minutos. Una vez más, el guión parece someterse a la supuesta rentabilidad comercial del metraje, llegando al absurdo de repetir por tres veces la misma secuencia, obviando algo tan elemental en cine como es la elipsis. Las virtudes clásicas de la economía cinematográfica desechadas, olvidadas. Affleck realiza un buen trabajo como actor, acompañado de Anna Kendrick y J.K. Simmons como excelentes secundarios, y pare usted de contar: sobran dedos y muchos minutos de metraje, una vez más.

Uno esperaría que cuando al fin y al cabo Ben Affleck toma las riendas y se erige en productor y director, amén de guionista que se apoya en una historia del afamado Dennis Lehane, ofreciendo de nuevo su semblante como intérprete principal en la película Vivir de noche esos "problemillas" experimentados en las precedentes estarían solventados y hallaríamos una agilidad más propia de su ópera prima que de la acomodada oscarizada, pero hete aquí que Affleck cae en varios pecadillos cinematográficos que le dejan un poco fuera de combate:

Seguramente, haberse autoelegido como protagonista no fue una buena decisión y ahora se ha dado cuenta, pues renuncia a dirigir y protagonizar la secuela-precuela-o-lo-que-sea de Batman, quizás aprendiendo de errores cometidos: bien por él, aunque sea tarde para el espectador: le falta un director que le corrija en la personificación de ése gángster que pretende ser complejo y no acaba siendo ni siquiera complicado.

El guión, con ser propio, excusa menos la acumulación de lugares comunes y de situaciones que en nada favorecen el desarrollo de la trama, que huele a pretenciosa desde los primeros diez minutos y se va cargando de ínfulas conforma el metraje se desarrolla, muy lentamente, eso sí, como para cargar las tintas y el peso en los sufridos espectadores, que no ven el momento en que haya transcurrido ya la hora y media, que es cuando parece animarse la cuestión, cerca de los malditos ciento treinta minutos de la vida de cada espectador que está a estas alturas casi frotándose los ojos y tapándose la boca ante inminentes bostezos pues nada nuevo se le ha ofrecido.

Tengo para mí que las distribuidoras de cine, espléndidas ellas para con sus clientes los espectadores, fuerzan la maquinaria rechinante hasta conseguir que todas las películas superen las dos horas de duración, no vaya a ser que alguien, después de haber pagado una pasta, declare haberse aburrido durante hora y media: no alcanzo a comprender qué ventajas se obtienen pagando lo mismo por aburrirse durante dos horas, pero me barrunto que buena parte de las películas, con un montaje más ajustado y una duración de hora y media, ganarían en calidad.

Claro que igual son imaginaciones mías.


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dimecres, 22 de març de 2017

Beethoven & Dudamel





De casualidad en el último otoño, primeros de octubre de 2016, me enteré que Gustavo Dudamel y la Orquesta Sinfónica Simon Bolivar de Venezuela iban a ofrecer la integral de las sinfonías de Ludwig van Beethoven en una gira europea que se iniciaba en el Palau de la Música Catalana a mediados de este mes de marzo y de chiripa pude comprar entradas para asistir a la primera tarde, jornada del domingo 12, para escuchar la interpretación de la Sinfonía 3ª "Heroica" y también la Sinfonía 4ª.

Le tenía muchas ganas a esa formación, jóvenes director y orquesta, desde que les descubrí en youtube hace ya bastante tiempo y desde luego la idea de ofrecer las nueve sinfonías de Beethoven en un todo continuo me pareció excelente y excitante, con el único defecto que no iba a poder asistir a todos los conciertos. Supongo que habrá alguien que sí lo hizo asistiendo al Palau en las cinco jornadas, pues el domingo 12 interpretaron las Sinfonías 1ª y 2ª, con el regalo de las oberturas Egmont y Coriolano en una jornada matinal, por la tarde las citadas, el lunes 13 la Sinfonía 5ª y la 6ª "Pastoral", el martes día 14 las sinfonías 7ª y 8ª y el miércoles cerraba el experimento con la Sinfonía 9ª, acompañados los músicos por el Orfeó Català y el Cor de Cambra del Palau de la Música.

Cualquier aficionado a la música clásica será capaz de comprender que, después de asistir al segundo concierto, me entraron unas ganas tremendas de lamentarme por no haber procurado obtener entradas para todo el ciclo y hete aquí que, llegado a casa abro mi correo y me encuentro publicidad invitándome a ver, en streaming, el concierto a que acababa de asistir.

Tiempo me faltó para entrar en es.medici.tv y comprobar que, gracias a que me había suscrito hace un tiempo, simplemente ingresando una dirección electrónica y una contraseña, podía ver en diferido -y durante cien días- y gratis el concierto que acababa de ver y ¡olé! también el que habían ofrecido a mediodía.

Y por menos de diez euros, podía suscribirme por un mes y asistir virtualmente en directo a los cuatro conciertos restantes. Ni lo pensé. Bueno, sí: pensé que, ante una actitud empresarial semejante, lo menos que podía hacer era darme de alta por un mes.

Aparte del inmenso placer experimentado con ése ciclo sinfónico -que me había procurado yo mismo hace años adquiriendo todas las sinfonías interpretadas por Karajan y la O.F. de Berlin, vinilos que todavía escucho- que cualquier melómano tiene a su alcance por tiempo determinado gratis, sólo con proceder a la inscripción en es.medici.tv, hay alguna consideración que me ha estado hirviendo y mareando y que tengo que sacar y llevar al papel:

Es de agradecer a los actuales gestores del Palau de la Música su buen tino en ofrecer la sala para iniciar este ciclo sinfónico que probablemente acabará siendo reconocido como excelente e histórico, pues tamaña empresa no se acomete ni siquiera cada lustro, que yo sepa. No sería mala idea que la temporada que viene se hiciese lo propio con otro compositor...

El Palau, de rebote, obtiene un prestigio multitudinario, porque al acordar la retransmisión en vivo -y luego en diferido, y gratis por cien días,no lo olvide nadie- con la empresa medici.tv, entra merecidamente en el circuito de música clásica de primera categoría, en un sitio dedicado a la cultura musical con una visión que aúna de forma excelente el negocio y la cultura: muchos deberían tomar nota de la forma de proceder de medici.tv.

Las retransmisiones, producidas por Camera Lucida, con un buen trabajo de Corentin Léconte como realizador, siempre atento a los músicos intervinientes en cada momento, emplazando las cámaras y moviéndolas con agilidad, son un modelo a seguir, con un sonido espectacular, y eso que no puedo verlo ni oirlo en HD a causa de la escasa velocidad de mi conexión a internet.

Chapeau para France Televisions -televisión pública gala- que aprovechando el evidente desinterés de la televisión pública catalana y española aparece como promotora de la retransmisión: aseguraría que apareció el martes, pero no puedo probarlo, porque ya su rótulo está en todos los vídeos.

Y malditos sean por vagos, inanes, ignorantes, todos aquellos que en este país viven supuestamente dedicados a la cultura (y cobran por ello), porque no hay atisbo de interés ni en TV3 ni en TVE, sendas televisiones públicas pagadas con nuestros impuestos, de tomar en consideración un acontecimiento semejante.

Y vagos, ignorantes e inanes todos aquellos politicuchos que se llenan las bocas de la palabra cultura cuando hay elecciones pero que ahora, que se sepa, no han siquiera interrogado ni al Conseller de Cultura de la Generalitat de Catalunya ni al Ministro de Cultura de España para que nos digan porqué han dejado pasar, como si nada, la oportunidad de apoyar una manifestación cultural que estará durante años siendo vista por miles de melómanos de todo el mundo, porque ése ciclo de Beethoven lo va a ofrecer Dudamel con la Simón Bolivar por tres países de Europa y cabe suponer que luego en América, pero desde luego, la grabación ya está hecha y no va a ser fácil que se repita.

Mucho hablar y poco hacer, como siempre. Y no digo que hubiese sido diferente el tratamiento de tratarse de un partido de fútbol, porque, evidentemente, quien esto lee ya lo sabe sobradamente.

Ya me gustaría ver a quien le corresponde (lo aclaro, por si las dudas: a toda la oposición) requerir a quien manda por una mayor contribución a la cultura. Mucho me temo que ése negociado está vacante, pues no interesa que la ciudadanía sea culta: mejor tonta y maleable, claro está.

Ya lo sabíamos porque pasa con el cine, pero ante oportunidades como la presente, comprobar cómo se desecha tan impropiamente, produce un sentimiento de inenarrable incomprensión, de frustración, máxime cuando el vecino, viéndolas venir, ocupa el lugar que no debería pertenecerle.

Si es que además de ser vagos e inútiles son tontos.

Inexcusable.

Consuélate mientras puedas: Ciclo de Sinfonías de Beethoven











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dimecres, 8 de febrer de 2017

No podrán arrebatármelo




En ocasiones pienso que no lo hacen a propósito y siempre permanece, constante, una duda: ¿tratan de confundirnos?

Uno mira, lee, observa y compara.

Comparar, ¿es malo? ¿es mejor olvidar? ¿siempre?

Depende, dirán; claro, depende. Si comparamos, habrá que establecer unos límites, ¿no?.

Pero resulta que hay mucho ruido, mucha alharaca, mucho buscar el elogio y la admiración para obtener, pura y simplemente, pingües beneficios.

En ocasiones, pienso que me están vendiendo humo. Yo fumé mucho, mucho, mucho, hasta que recibí un toque: no más humo. Y ahora, no trago más.

No sé si es una ventaja o una desventaja pero es indudable que la veteranía conlleva una acumulación de experiencias que, si la memoria no falla, ayudan a conformar una opinión.

Quizás algunos preferirían que no recordáramos cosas que hemos visto.

Por ejemplo, a un tipo flacucho, no muy bien parecido, normalito pero elegante, eso sí, que se ganó la vida con eso del cine. El hombre sabía tocar el piano regulín, regular, cantaba con mucho estilo y swing (según afirmación de Count Basie) y bailaba que parecía flotar.

Claro que tuvo mucha suerte: trabajar con compañeras de tronío y sobre composiciones sólidas como bastiones inexpugnables al paso del tiempo.

Por eso, quizás, se atreve a poner toda su confianza en ella:





I'm Putting All My Eggs In One Basket (Follow the Fleet [Sigamos la flota, 1936])(Irving Berlin)


Pobre tipo, ése Fred: por saber tocar el piano regulín, cantar con swing y bailar como un ángel, ni siquiera le nominaron para un Oscar: los muy estúpidos, esperaron a nominarlo como secundario, en una película catastrófica....

Claro que a Astaire no le hace falta ningún premio: ha quedado como ejemplo de lo que es protagonizar un musical y muy por encima del paso del tiempo y, desde luego, sabe muy bien lo que es poner buena cara a los contratiempos:





Lets Face The Music And Dance (Follow the Fleet [Sigamos la flota, 1936]) (Irving Berlin)

Podríamos estar todo el día así, disfrutando de momentos musicales que pueden ser bien o mal imitados pero difícilmente superados, pero no es tiempo ni lugar... ¿verdad?

Está claro que lo visto y paladeado nadie lo puede arrebatar: Fred se lo cantó a Ginger en 1937, pero no lo bailaron hasta doce años después, cuando ya ella había tomado su camino e incluso, ella sí, había conseguido su estatuilla dorada:




They Can't Take That Away From Me (George & Ira Gershwin)(Shall We Dance [Ritmo Loco, 1937] & The Barkleys of Broadway (Vuelve a mí, 1949])


Otrosí: A Irving Berlin le dieron un Oscar por White Christmas y le nominaron en varias ocasiones; al genial George Gershwin, le nominaron una vez, precisamente por They Can't Take That Away From Me. Al mediocre Justin Hurwitz le acaban de nominar ¡dos veces! por unas composiciones que nadie recordará dentro de tres años.

¿Seguro que no lo hacen a propósito?







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dimarts, 24 de gener de 2017

Matewan




En las estribaciones de los Montes Apalaches, cabe los meandros del río Tug Fork que durante varios kilómetros se erige en frontera natural que marca los límites entre los estados de Virginia Oriental (West Virginia) y Kentucky se halla la aldea, más que municipio, de Matewan, menos de dos kilómetros cuadrados de superficie y medio millar de habitantes que esperan llegue la temporada turística porque otra cosa no queda ya en la zona.

El carbón acabó hace tiempo, dejando amargos recuerdos históricos. La bituminosa antracita situó en el mapa una zona rural distante apenas 700 Kms de la capital Washington, un lugar donde durante el día únicamente se veían mujeres mal vestidas y niños harapientos: los hombres estaban en su mayoría bajo tierra, hurgando las entrañas en busca del negro carbón, luchando en la oscuridad contra los gases y los desprendimientos. De eso hace ya un siglo.

Las condiciones de los mineros, hace cien años, en Matewan como en toda Virginia Oriental, eran lo más parecido a la esclavitud existente en la práctica en las plantaciones de la vecina Alabama cuando terminó la llamada Guerra de Secesión y los esclavos emancipados, liberados de cadenas físicas, se encontraron con que los dueños de las tierras eran también los dueños de las barracas donde vivían y de los establecimientos donde podían comprar lo necesario para vivir, siempre a un precio que acababa por dejarles en deuda con sus antiguos dueños.

Esa barbaridad, ese despropósito que se practicaba en Matewan hace cien años, provocó lo que terminó conociéndose como La Masacre de Matewan, en la que murieron una docena de personas, a tiros. Eran sindicalistas en ciernes acechados por mercenarios disfrazados de detectives al servicio de las compañías mineras, propietarias de las minas, de las tierras adyacentes, de las pocas viviendas y los escasos establecimientos comerciales, donde el precio de las alubias iba acorde con el precio del carbón, siempre superándolo un poco.

Unos hechos históricos conocidos como la Guerra del Carbón, comprensiva de diversos enfrentamientos sangrientos, se iniciaron en ese pequeño núcleo de mineros compuesto de algunos hombres, varias viudas y pocos niños, contando todos ellos con un elegido alcalde (Cabell Testerman) y un agente de la ley (Sid Hatfield) que, conscientes de su responsabilidad para con sus vecinos, decidieron protegerlos frente a los desmanes tiránicos, posesivos, injustos, de la Stone Mountain Coal Corporation. Terminaron con la llamada Batalla de Blair Mountain pero arrancaron en Matewan, el 19 de mayo de 1920. Matewan, un poblacho fundado en 1895, cuando se descubrió que podía haber carbón en la zona.

No fue hasta 1993 que Matewan obtuvo el reconocimiento de lugar histórico, pero antes, el director John Sayles consiguió estrenar una película con el toponímico título Matewan (1987), proyecto personal del autor que llevaba años intentando realizar, siempre aplazado por falta de financiación.

John Sayles escribe un guión basándose en los hechos históricos añadiendo una ficción que los amplía e incardina en el nacimiento de los movimientos sociales laborales, en los primeros momentos en que el trabajador empezaba a ser consciente que la dejación de la individualidad y la construcción de la unión podrían otorgarle la fuerza requerida para plantear el reconocimiento de derechos negados por las mercantiles y los poderosos propietarios.

La aparición de los sindicatos de trabajadores en la minería, con las particularidades propias de la zona, una escasa libertad próxima a una verdadera esclavitud y un despotismo exacerbado, conllevan la prohibición de afiliarse al sindicato so pena de perder trabajo y hogar, todo en uno, quedando además en deuda con la empresa, que substituye mineros blancos por negros y también por inmigrantes italianos, que no tienen ni idea de la minería, pobres desgraciados expertos en coser zapatos.

Sayles introduce dos personajes ficticios sobre los que apoya una trama que sortea muy bien los peligros de un drama social y laboral histórico: consigue no aburrir en ningún momento y mantener la atención en el desarrollo de los acontecimientos. Sus héroes son un joven minero que hace las veces de relator -con lo cual la película toma el carácter de largo flashback al tiempo que se erige en testimonio de la historia- y un sindicalista, un tipo que estuvo en la Guerra Mundial recién acabada y consiguió regresar a casa sin haber matado a ningún trabajador de los que se hallaban combatiendo en el otro lado de las barricadas: en la guerra, dice, sólo vio trabajadores disparando contra trabajadores.

Ese sindicalista, Joe Kenehan, es un pacifista convencido que la unión hace la fuerza, que el individualismo que se halla en el desprecio por los negros y los italianos no tiene lugar: que el enemigo no son los otros trabajadores traídos por la empresa bajo el mismo trabajo esclavista: el enemigo es quien pretende imponer esas reglas propias de la esclavitud a todos los trabajadores teóricamente libres.

Sayles, autor cinematográfico con ideas propias, no da hilo sin puntada y recrea en unos hechos pasados una parábola aplicable a su tiempo y por desgracia al nuestro. El director se apoya en su propio guión para decir más que insinuar y se vale de todos los medios a su alcance para evidenciar tratos injustos basados en vicios ajenos: señala sin duda el beneficio que la unión aportará a la comunidad y muestra con eficacia el camino que lleva al convencimiento de todos mediante personajes escritos y retratados con suma eficacia: vemos los anhelos y el sufrimiento de cada uno, sus ambiciones y traiciones, su camaradería creciente hasta el fin.

No es ésta una película cómoda, sin embargo, carente de optimismo y dotada de un final trágico aderezado con apuntes del relator que remata la trama como una admonición simbólica. No es extraño que Sayles tuviese dificultades para obtener financiación: se constata en los títulos finales, con un listado casi interminable de agradecimientos.

Sayles aprovecha los escasos medios a su alcance para desarrollar una historia que tampoco precisa de alardes para mantener la atención, presa del discurso del guión: la excelente labor de Haskell Wexler en la fotografía y la banda sonora elegida por Sayles coadyuvan no poco a dar fuerza y cohesión al relato. Los intérpretes, encabezados por el joven Will Oldman -que realiza un excelente trabajo con dieciséis años- y por el entonces novato Chris Cooper (novato en el cine, porque en teatro acababa de trabajar con Lauren Bacall, nada menos que con Dulce pájaro de juventud) que empezó con buen pie su carrera cinematográfica dando cuerpo a ese sindicalista pacifista cuyos ojos vienen a ser los del director y los del público espectador, en suma, apoyados por intérpretes tan conocidos como Mary McDonell y David Strathairn -amigo de juventud de Sayles- componiendo un sorprendente sheriff.

En definitiva, una película ejemplar de lo que debe ser el cine comprometido socialmente, sirviéndose del arte para denunciar y poner en evidencia cuestiones que atañen a todos, sin cargar las tintas, sin buscar efectismos fáciles ni provocaciones que caen en saco roto: un cine que cuenta una dolorosa ficción muy cercana a la realidad y lo hace sin aburrir, sin apologías ni mesianismos, con sencillez pero escribiendo en la pantalla con buena caligrafía y eficacia una trama que trasciende el localismo y deviene en internacional.






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dijous, 29 de desembre de 2016

MM 86 Tammy and the bachelor




Tratándose de una película del año 1957, en primer lugar comprobamos que la existencia de traductores de títulos carentes de toda virtud no es un fenómeno de este siglo XXI: traducido como Tammy, la muchacha salvaje, las expectativas de quien elige una película por el título sin duda diferirán mucho.

Recabamos la atención sobre una inserción musical en una comedia romántica de las muchísimas que se rodaron en el Hollywood de mediados el siglo pasado a causa de su protagonista, la actriz Debbie Reynolds, recién fallecida mientras se hallaba preparando el funeral de su hija, la también actriz Carrie Fisher. Mal acaba este año 2016...

Debbie Reynolds permanece en la memoria cinéfila como la pizpireta coprotagonista de la maravillosa Singin in the rain, su sexta película, del año 1952, donde demostró saber bailar y cantar.

Cinco años más tarde, protagoniza con un compañero que puede verse en el vídeo más abajo, archiconocido también, esa comedia en la que canta una canción fruto de un par de triunfadores, Ray Evans y Jay Livingstone, composición titulada con el nombre del personaje que interpretaba Debbie: Tammy

Veámosla cantar en la película:



La canción fué nominada al Oscar y significó, como single, un disco de oro para Debbie Reynolds y un montón de semanas en los primeros lugares de las listas radiofónicas y de ventas de discos.

En ocasiones, olvidamos que algunos artistas ofrecen más de una faceta con brillantez.

Y algunos, por si las dudas, conservaron sus méritos hasta edad avanzada. Veamos a Debbie cantando Tammy, en un escenario, en el año 2010, en Liverpool:



Debbie nació el 1 de abril de 1932 (April Fools Day) y falleció el 28 de Diciembre de 2016 (Día de los Santos Inocentes).

Descanse en paz.







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dilluns, 26 de desembre de 2016

Contra viento y marea





Un poco a lo loco, parece.

La frenética carrera que los hermanos Howard han iniciado moviéndose de un pueblucho a otro en medio del oeste texano para atracar una sucesión de sucursales bancarias obteniendo botines rápidos y nada escandalosos, allá unos muchos miles, acullá unos pocos, pistola en ristre, torpe máscara y viejos coches robados que entierran en un hoyo una vez usados, despierta un recelo en su acabóse, por cómo se borra toda huella: un cementerio -literal- de desvencijados automóviles que desparecen de la faz de la tierra, tragados por el polvo en el patio trasero de un rancho que vio sus mejores momentos años ha.

Tanner Howard (Ben Foster)no acaba de comprender la manía de su hermano Toby (Chris Pine) por ocultar de inmediato los coches que usan en sus atracos ni tampoco qué es lo que va a pasar con todo ese dinero que, para borrar su rastro, cambian por fichas en el casino que hay en la reserva comanche de la región, vestigios de malos arreglos indígenas del pasado reciente. Fichas que recuperan en otros billetes, pasada la madrugada, nuevo día, nuevo banco a robar, hasta conseguir la meta.

Porque hay una meta: ergo, no tan a lo loco como parecía.

Esto se lo huele el viejo Marcus Hamilton (Jeff Bridges)advirtiendo que va a ser su último caso como servidor de la Ley en su calidad de Ranger de Texas: esos atracos van a acabar siendo predecibles, martillea una y otra vez los oídos de su compañero Alberto Parker (Gil Birmingham), del que se burla asegurando que le imita vistiendo camisa blanca como él, porque aspira a sentarse en su sillón así se retire, en unas semanas: Alberto, con ascendientes comanches, le llama cascarrabias mientras se pellizca la camisa blanca, uniforme oficial, con su chapa y todo.

Dos hermanos ladrones, atracadores de bancos, perseguidos por dos viejos colegas que disimulan el mucho aprecio que se tienen, no vayan a pasar por blandengues.



Cada uno de los cuatro tiene su personalidad definida en pinceladas que Taylor Sheridan va marcando conforme se desarrolla el guión; mejorando mucho su anterior trabajo, presenta una historia atemporal sin artificios ni trucos en la que la acción se desarrolla con fuerza y la trama avanza proporcionando nuevos datos que permitan entenderla.

David Mackenzie agarra el guión de Sheridan y escribe con la cámara una película del oeste, un western moderno provisto de todos los elementos del género, desde los horizontes interminables, la luz apisonadora, la sequedad del gesto y la mirada entrecerrada, prieta la mandíbula, unos tipos que no por no montar a caballo dejan de ser prototipos del lejano oeste.

El título original, Hell or High Water (2016) hace justicia a la trama y a la forma con que nos la cuentan. Estoy convencido que la decisión de traducirlo como Comanchería (por favor, traductor tontorrón, otra vez, mírate la película antes de meter la pata y también, porqué no, consulta antes porque disponemos de frases más que afortunadas) habrá causado decisiones que son de lamentar.

Porque Mackenzie, como buen europeo, dedica todos sus esfuerzos a retratar con sencillez y pulcritud una historia que se va desarrollando como quien dice ella sola, con naturalidad, provista de una fatalidad que el espectador ya sospechaba, hasta un desenlace apropiado: vista, el cinéfilo veterano inmediatamente aprecia el buen trabajo realizado por un director que sabe exprimir todos los elementos a su alcance, consiguiendo esa engañosa sensación de facilidad aparente: consigue de Giles Nuttgens el que debe ser su mejor trabajo hasta ahora como director de fotografía y en otro aspecto demuestra Mackenzie una finura espectacular, porque obtiene del cuarteto protagonista unas interpretaciones asombrosamente naturales, muy por encima, lo reconozco, de lo que me esperaba en mis más optimistas espectativas: Jeff Bridges aparca varios de sus manierismos marca de la casa e incluso Chris Pine demuestra saber hablar pausadamente y con intensidad.

La simplicidad habitual, ineludible, de las sinopsis que acompañan las promociones cinematográficas, reduce en cuatro líneas leídas mil veces, repletas de tópicos, una historia que como los westerns clásicos, se sirve del escenario, del ambiente, de los tipos, para presentar cuestiones de mayor calado, aquellas que mueven a la gente a tomar decisiones importantes: ésta no es una mera película de acción porque quienes se ven abocados a ella acuden con las alforjas bien llenas, sin que las motivaciones de unos y otros lleguen a influir en la caligrafía cinematográfica adoptada por Mackenzie, que opta por mantenerse como observador privilegiado de la naturaleza humana, sin entrar en valoraciones éticas de ninguna clase, incluso admitiendo una conclusión abierta.

Una trama más compleja de lo que a primera vista se advierte, bien ideada, bien presentada y bien interpretada deviene en una de las mejores películas de este año que vamos dejando atrás: por sacarle un aspecto mejorable, señalaría que los diálogos podrían afinarse para reflejar con más fuerza los caracteres y entonces nos hallaríamos, sin duda, ante una pieza de mayor calado, una rara avis en el siglo que vivimos.

Desde luego, recomendable a cualquier cinéfilo que se haya dejado engañar por el nefasto título y la haya obviado y también, claro, para quien le pasó inadvertida.


Tráiler


Cuidado: en los comentarios puede haber algún chivatazo no deseado por quien no haya visto la película.


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dissabte, 24 de desembre de 2016

Gil Parrondo





Ha fallecido Gil Parrondo, el Decorador del Cine (como a él le gustaba definirse), personaje irrepetible.

Ver ahora, recuperar, el documental que TVE le dedicó hace tres años, cuando Gil contaba con noventa y dos años, no deja de ser un placer cinéfilo al tiempo que una buena forma de honrar su memoria, la de un hombre que sintió el cine desde una faceta a la que el espectador no suele dar la importancia que sí le otorgan los más afamados directores de cine, como es de ver en el documental.





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dimecres, 30 de novembre de 2016

Capitán Fantástico




No estoy muy seguro que empezar una película mostrando cómo unos chiquillos y un adolescente camuflados con barro acaban a puñaladas con el biznieto de bambi, aquel dulce cervatillo, y que para festejar la hazaña y el tránsito de la adolescencia a la hombría devore el matarife crudo, palpitante, el corazón del pacífico rumiante, sea una buena idea para acaparar audiencia. O quizás sí. Depende, claro, de lo que prosiga.

Me parece que Matt Ross en su segunda tentativa de juanpalomismo
(de Juan palomo, yo me lo guiso, yo me lo como)
cinematográfico lleva las cosas a un punto de no retorno proveyendo a una trama teóricamente bien intencionada características que la acercan peligrosamente a la frivolidad más descarnada, a un límite en el que la ironía y la parodia no acaban de cuajar como realidades y acabado el experimento permanece la sensación de fallido.

La propuesta contenida en el guión escrito por el propio director - Matt Ross – remite a la utópica vuelta a la naturaleza como remedio a todos los males de una sociedad cada vez más materialista y sujeta a los designios de un consumismo imparable; quizás porque en los Estados Unidos de Norteamérica ya tienen alguna que otra comunidad que voluntariamente se aparta del resto, constituyendo grupos sociales más o menos numerosos basados en la exclusividad por motivos ideológicos, usualmente dispuestos a proclamar una solidaridad excluyente como virtud a imitar, es porque hay alguna que otra película en la que esos grupos o grupúsculos se constituyen en protagonistas: recordemos, por ejemplo, The Village (El Bosque, 2004) escrita y dirigida por M. Night Shyamalan, en el que un grupo de acaudalados ciudadanos decide construirse su propio pueblo, con sus propias normas, muy cerca de la civilización.

Matt Ross no aspira a tanto como Shyamalan y se contenta con una familia; numerosa, pero una sola familia, que para dar pena después de apuñalar al ciervo, sabemos que, de repente, la madre de los seis hijos acaba de fallecer en un hospital, allí donde la civilización existe. Porque la familia, encabezada por el padre, el Capitán Fantástico del título, vive en plena naturaleza, en un bosque del noroeste. En un bosque propio, eso sí, que se lo compraron el matrimonio con el dinero que juntaron los cónyuges cuando decidieron abandonar la vida consumista, capitalista y mal llamada civilizada arrastrando a la naturaleza a sus seis hijos.

La endeblez del guión no es alarmante porque se inserta en la normalidad de la época que estamos padeciendo: no hace mucho, en alguna parte que no recuerdo, leí la afirmación de alguien relativa a la excesiva y progresiva infantilización del cine fabricado en Hollywood: busque usted la expresión en internet y le saldrán montones de enlaces: no es un concepto novedoso ni original, así que tampoco un ejemplo puede ser motivo de alarma; lo preocupante es que allí donde se producen más películas el nivel vaya descendiendo y en los otros lugares la imitación sea la panacea.

Admitida la idea de Ross de pronunciarse contra la sociedad de consumo, este comentarista, acabada la película, se dió con un canto en los dientes: desilusión total y absoluta; decepción profunda; un cúmulo de ideas absolutamente ingenuas sazonadas con unos toques perversos y de calado que derrotan la ilusión inicial y acaban por erigirse en una especie de advertencia para ilusos optimistas: no hay nada que hacer, rendición total. Resulta decepcionante comprobar cómo la sociedad actual, mayoritariamente materialista y consumista hasta resultar enfermiza para continente y contenido, es capaz de fagocitar y reconvertir cualquier iniciativa que pretenda cuestionarla: el llamado pomposamente “cine indie” en afortunado apócope que oculta, disimula y pervierte la deseada independencia intelectual del artista cinematográfico alberga a cada festival más productos como el presente que se anuncian épicamente deseosos de formular una idea nueva, revolucionaria y acaban por ser remedos actualizados de las tramas propias del añejo “Selecciones del Reader's Digest” y guiones destinados a “entrener y formar” a los infantes según las convicciones mayoritariamente reflejadas en los productos disneyanos de más poca entidad.

La concurrencia de cinco menores de edad y uno que acaba de convertirse en adulto al comerse el corazón de un ciervo, dotados de unas características físicas y saberes intelectuales sobresalientes, enfrentados por decisión paterna a la malvada sociedad de consumo, como si fuese simplemente la bruja fea del cuento; las comparaciones con unos primos desgraciadamente “normales” en franca desventaja; las prestaciones de los abuelitos, parientes del famoso tío gilito, todo, en suma, excede cuanto cabría esperar inclinando la balanza del discurso justo hacia el lado indeseado, como un subliminal giro subrepticiamente efectuado, como quien dice, en un salto de eje que pasó desapercibido.

Durante varias semanas dándole vueltas para intentar entenderla realmente, la confusión se apodera y el desánimo cunde: Ross presenta un cuento deshilvanado, carente de lógica por completo y adornado por chulerías propias de niñatos bien envalentonados por un orgullo de casta mal entendido. Nada nuevo ni original.

No quisiera explayarme en detalles porque es bien cierto que los chivatazos no deben sazonar un comentario y en este caso, además, aparte de sus fallos, pocas virtudes hay para abonar el tema.

Un punto tiene a su favor, ciertamente: se nota que Matt Ross fue monaguillo antes que fraile, porque obtiene muy buenas interpretaciones de todo el elenco: Viggo Mortensen carga en sus buenas espaldas el peso de casi toda la narración, pero los seis jóvenes intérpretes que personifican a los seis hijos realizan un trabajo casi perfecto, sobrio, muy lejos de lo que acostumbramos a ver en productos de corte disneyano que es la sensación que nos quedará al acabar la película, pasados apenas diez minutos, cuando ya la hayamos rememorado toda ella, intentando entenderla. Para mí, que es una tomadura de pelo o un experimento fallido. A elegir. Avisados quedan.



Tráiler










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dilluns, 31 d’octubre de 2016

Por insistir que no quede, Don Juan




Si los otros dan la tabarra año tras año, no veo porqué no puedo también yo dar la brasa.

Me ahorro el texto que se puede leer en este enlace

A lo que vamos: ya que no resulta fácil en directo, veámoslo en diferido:






Para quienes piensen que la pieza sólo tiene un reducido interés local, aquí dejo un texto bilingüe







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diumenge, 16 d’octubre de 2016

Tomar riesgo




giphy.com


Ha sido una relativa sorpresa saber esta misma tarde que ha recibido el máximo galardón del Festival Internacional de Cine Fantástico de Sitges el primer largometraje dirigido al alimón por Dan Kwan y Daniel Scheinert que hasta ahora se habían ocupado de cortometrajes y vídeos musicales firmando en ocasiones con el genérico Daniels.

Parece que el éxito conseguido con sus cortos propició el deseo de abordar un largo -cosa habitual por otro lado- con la fortuna añadida de obtener financiación para el empeño a cuya suerte habría que añadir la decisión de intervenir como protagonistas de dos actores, Paul Dano y Daniel Radcliffe, ya veteranos a pesar de su juventud y gozando de un merecido prestigio no dudaron en cargar sobre sus hombros la representación de dos personajes absolutamente extraños y no tan sólo porque uno de ellos es un cadáver.

Precisamente el saber que hay un fiambre chupando pantalla es un detalle que al cinéfilo veterano puede tumbarle las ganas de ver la película si acaso padeció las tonterías de Este muerto está muy vivo y cabe proclamar de inmediato que no hay caso: la pieza dirigida por los Daniels sobre guión propio, salvo el co protagonismo de un muerto, no guarda parecido con la mencionada ni tampoco su intención es la de hacer reír al respetable aún cuando alguna carcajada -o muchas, depende- puede oírse en la oscuridad, si llega el caso.

Swiss Army Man (2016) que se ha proyectado en la Blanca Subur esta semana que acaba probablemente no verá alterado su título si llega a exhibirse en las pantallas españolas, aunque "El hombre navaja suiza" sonaría tan surrealista como merece la pieza: rechácese cualquier adjetivo que se proponga para definirla de otro modo; quede avisado el personal que se hallará ante una obra formalmente mejorable presentando una trama dotada de una fantasía que indudablemente le ha hecho merecedora de recibir el galardón sitgetano con toda justicia.

Ésta es una película que el cinéfilo debería ver ineludiblemente a pesar que es posible que, transcurrida la hora y media de metraje, apenas siete minutos antes del final, me maldiga los huesos por habérsela recomendado. Es lo que hay: un riesgo artístico tomado por la pareja de directores y también por la pareja de actores reclama a voces el riesgo del público que debe abandonar toda idea de comodidad: ésa no es una película comercial al uso: se la han jugado, oiga.

Esa pareja, los autodenominados Daniels, son jóvenes; no tienen miedo al fracaso porque confían en la brillantez de sus propuestas, sus ideas que rozan el surrealismo y se expresan principalmente de forma visual con una inventiva y atrevimiento que se encuentra a faltar en demasiadas ocasiones en otras películas. Diría que huyen de lo plácido y sus hallazgos sorprenden. Lástima que les falte experiencia al momento de construir el ritmo de la narración y que, seguramente ilusionados por lo bien que se les da mover la cámara, no advierten que la reiteración y la redundancia, aunque leves, son enemigas de la agilidad y para rematar la faena ofrecen un final realista que rompe la fábula de mala manera.

La otra pareja, Paul Dano y Daniel Radcliffe, merecen todos los aplausos: a Radcliffe ya le han señalado en Sitges por su representación de ese cadáver tan especial y se han olvidado un poco de Dano cayendo en la costumbre de apreciar los caracteres especiales y raros por encima de los más normales siendo así que estos calificativos únicamente son aproximados porque los personajes de ambos, complementarios, son lo mejor de la película y exigen de los actores un trabajo agotador tanto física como mentalmente porque el ridículo y la farsa están a un milímetro y ellos saben pasearse por ese precipicio saliendo airosos. Hay que tener valor para aceptar esos trabajos, porque ya no se trata de un vídeo más o menos gamberro: es un largometraje con una historia subyacente cuya pretensión no es, no puede ser, comunicar un único mensaje.

Habrá que estar atento a lo que puedan ofrecernos en el futuro esos Daniels. De momento, imperdible para el cinéfilo: dad un visionado a ésta, no sea que, en un par de años, se haya convertido en "una de culto" y no se haya visto.




plus: en este enlace de una pagina en inglés hay -aparte de mucha información- varios vídeos rodados por los Daniels que dan idea inmediata de sus capacidades.



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divendres, 16 de setembre de 2016

Phil Spector, motivo para debate.







Cuando los televisores eran aparatos voluminosos provistos de pantalla en blanco y negro y dotados de un único altavoz que más que sonar diríamos que graznaba, la industria cinematográfica se olió la tostada y procedió a filmar grandes historias en rutilante eastmancolor y pantallas cada trimestre más enormes hasta el desvarío del cinerama y el panavision, todo para situarse a un nivel de espectáculo que consiguiera alejar al público de sus salones domiciliarios y moverlos hasta la taquilla de las salas exhibidoras de películas, donde, incluso, además de hartarse de palomitas podían fumar tranquilamente.

Todo por la taquilla.

Pasados cincuenta años, los televisores son planos y delgados como un periódico, sus pantallas son de proporciones exageradas y el sonido es de alta fidelidad envolvente.

Y el contenido está a un nivel semejante del que usualmente hallamos en el cine.

¿Seguro? No: no tan seguro. Alguien con medios debería pasar a estadísticas entendibles los porcentajes de productos destinados a la pantalla que tienen una intención y no la disimulan ni rebajan lastimosamente para alcanzar audiencias millonarias creyendo que el público está formado únicamente por adolescentes.

Da la sensación -que puede ser errónea por ínfimo el campo del experimento- que en las televisiones que no son deudoras de la publicidad para subsistir, es decir, la BBC británica y la estadounidense HBO (creo, por lo leído, que la FOX está sujeta a una cierta ideología) como ejemplos paradigmáticos, hay un respeto de la libertad creadora y un valor intrínseco que reside en la confianza que la empresa tiene en la inteligencia de sus televidentes, sean de pago o no.

Vienen estos párrafos que preceden a cuento porque tirando del hilo de la curiosidad suscitada por el descubrimiento explicado en la entrada anterior, hace poco pude ver la película que para la HBO (o gracias al interés en ella de la HBO) rodó David Mamet sobre un guión propio en torno al primer juicio que examinó hechos acontecidos en casa del famoso Phil Spector que dieron como resultado la muerte de una ex-actriz.

Un asunto peliagudo que provoca la aparición de un subtítulo verdaderamente particular que aparece en pantalla al inicio diciendo así:


This is a work of fiction.
It’s not ‘based on a true story.
It is a drama inspired by actual persons in a trial, but it is neither an attempt to depict the actual person's, nor to comment upon the trial or its outcome.


(Lo traduzco así: "Esta obra es una ficción. No está basada en historia real. Es un drama inspirado en persona sometida a juicio, pero ni trata de representar a esa persona ni referirse al juicio ni a su resultado.")

Apostaría que el departamento jurídico de la HBO tuvo algo que ver con la inserción del letrero de marras. Digamos que se curaron en salud.

La película (denominarla telefilm únicamente por haber sido exhibida en la tele sería una reducción simplista) está realizada con todos los medios necesarios, empezando por los integrantes de la plantilla: David Mamet como guionista, director y también productor ejecutivo, cargo que desempeña asimismo Barry Levinson. Y en el apartado interpretativo tenemos a Al Pacino y a Helen Mirren. No se puede pedir mucho más para conseguir la atención del espectador.

Aparte de inteligencia y tranquilidad.

Desde la lejanía que otorga un océano puede resultar difícil aquilatar la complejidad latente en el discurso que Mamet, dramaturgo antes que nada, presenta sirviéndose de un personaje, Phil Spector, que seguramente resultará desconocido para la gran mayoría. Ello puede significar que el espectador ajeno a la fama y circunstancias vitales del protagonista perciba sin prejuicios el relato y en consecuencia entienda claramente las invectivas que Mamet desgrana contra aspectos de la sociedad estadounidense mediante diálogos puntualmente brillantes y siempre efectivos, diáfanos y muy bien escritos. Se le nota el oficio.

Hubo una especie de cruzada fanática (el adjetivo es más que apropiado si tenemos en cuenta que el movimiento lo sostuvieron "fans" de Lana Clarkson) en contra de esta pieza así que surgieron las primeras noticias: grupos de fanáticos empezaron a manifestarse públicamente y también en los medios de comunicación denigrando la intención de la HBO de admitir a Mamet rodar esa película; eran admiradores de la fallecida mezclados con activistas feministas, claramente promovidos por una especie de afán de venganza dirigidos por el antiguo representante artístico y también por algún pariente y parece ser que forzaron el temor a la mala publicidad de Bette Midler que renunció alegando dolores de espalda para no hacerse cargo de representar a la Abogada Linda Kenney Baden. Incluso cuando Al Pacino y Helen Mirren acudían a los estudios a trabajar se encontraban con pancartas y gritos.

Estos hechos, constatables, otorgan al empeño de Mamet una dimensión específica y una pátina de veracidad.

Esos fanáticos -y otros que no lo aparentan tanto- despotricaron contra Mamet acusándole de tergiversar la realidad tratando de mostrar a Phil Spector como inocente cuando todos sabían que era un criminal.

En todas las entrevistas Mamet y su esposa Rebecca Pidgeon se refieren a lo que ellos denominan "duda razonable" como eje en torno al cual el dramaturgo construye su dialéctica y añaden que la evidente excentricidad de Spector provoca enormes prejuicios que en nada le favorecen y que obviamente influyen en la correcta percepción de aquella "duda razonable". En estos lares disponemos del principio de la presunción de inocencia, que como el invocado por Mamet descansa en la antigua norma "in dubio pro reo" (aquí un artículo abundando en el tema).

En la ignorancia de cuanto hay de real y cuanto de inventado en el relato que de los hechos ofrece Mamet y sabiendo que las conversaciones entre Spector y su Abogada Kenney han sido inventadas al negarse la Letrada a ofrecer información al respecto, podemos suponer que los datos forenses, por públicos, sí son ciertos. Si lo son, la película resulta ser un dedo acusador de firmeza indestructible contra el sistema judicial estadounidense basado en el jurado popular.

Mamet aprovecha el caso de Spector al comprender que la excesiva, caótica y extravagante personalidad del productor musical ofrece a sus detractores interesados múltiples aspectos circunstanciales en los que basar profundamente todo el peso de sus prejuicios. No se oculta que Spector podía llegar al paroxismo en las grabaciones de sus discos, repitiendo horas y horas el sonido de una pandereta, consumiendo bourbon sin parar y blandiendo un revólver que en alguna ocasión disparó, atemorizando a músicos y personal de estudio e incluso colocándolo en el cuello de Leonard Cohen antes de darle un beso en la mejilla y asegurarle que le quería mucho, pero tenía que conseguir el sonido buscado. Un orate de la música que siempre vistió más que disimuló su alopecia con vistosas pelucas de todo tamaño, color y apariencia en todo lugar incluyendo las vistas judiciales, como se ilustra más arriba.

Un personaje que la gran mayoría silenciosa del pueblo estadounidense no vacilaría en prejuzgar. Más cuando todavía estaba coleando el asunto de O.J.Simpson y su errática conducta. En la construcción que hace Mamet del guión ofrece algún que otro parlamento a Spector para que se despache a gusto protestando por el acoso popular al tiempo que menciona diversos antecedentes históricos con un punto de megalomanía no exenta totalmente de razón.

Mal asunto cuando doce personas componentes de un jurado popular dejan que sus prejuicios de cualquier clase: sociales, artísticos, morales, raciales, sexuales, políticos, etcétera, influyan en su voto. En el momento de su estreno en televisión se alzaron muchas voces, incluyendo críticos profesionales, señalando la mala decisión de Mamet de presentar esta trama en la que se relata la absolución de Spector en 2007 por nulidad del juicio al no pronunciarse el jurado de forma unánime. 10 a 2.

Parece que esos críticos, ese pueblo soliviantado, nunca pudo disfrutar de la excelente obra de Reginald Rose estrenada también en televisión en 1954. Claro que en ella no había nombres reales a los que tener manía o envidia. Además, Mamet estrena su obra en 2013, justo cuatro años después que otro jurado, sobre los mismos hechos, declarara la culpabilidad de Spector.

(Nosotros, los españoles, también vamos bien servidos con el jurado, sus prejuicios y sus lastimosos errores: al que lo dude, que busque en google por Dolores Vázquez Mosquera y comprobará cómo la dejación de un juez ante un ladino fiscal y los prejuicios de nueve ciudadanos ejemplares consiguieron que una lesbiana fuera condenada falsamente por asesina, sin prueba alguna. ¿Donde está el Mamet español?)

El valor de Mamet al denunciar la injustificable influencia de los prejuicios al punto de olvidar un principio general de derecho comúnmente reconocido desde la antigüedad como es el in dubio pro reo pone directamente en la picota la figura del jurado popular en una sociedad en la que resulta muy difícil escapar de las influencias ajenas incluyendo campañas mediáticas bien orquestadas. Me temo que la temática por sí misma la aleja de las salas de cine donde la palomita reina desde hace años: las que antaño se definían como de Arte y Ensayo hace lustros desaparecieron y parece que sólo queda la televisión -y de pago- para recibir propuestas semejantes y atreverse a producirlas y exhibirlas en la tranquilidad del salón familiar. Justo lo contrario que hace cincuenta años...

Mamet, aparte de dramaturgo, es un excelente director de intérpretes: baste decir que Al Pacino ayudado por una caracterización espléndida ofrece un recital perfecto representando a Phil Spector: los habituales excesos del actor van que ni pintados al personaje raro donde los haya y hay que reconocer que en la dicción y en el ritmo Pacino se muestra contenido pero no maniatado y ello lo imputo directamente a Mamet, que de actores y demás sabe un rato largo; otro tanto ocurre con Helen Mirren, caracterizada como la Abogada Linda Kenney Baden con una peluca rubia inabarcable que no le impide ofrecer un contrapunto serio y formal, contenido y firme, a un compañero exigente. El resto del reparto cumple con su cometido y la ambientación se distingue especialmente en la mansión donde Spector vive.

Después del desconcertante subtítulo, veremos a Kenney acudiendo a casa de Spector y Mamet nos introduce en la mansión como si se tratara de la Casa de los Horrores, de habitación en habitación, a cual más extraña: el uso casi fantasmagórico de la mansión de Spector ayuda a entender la personalidad de su dueño y el itinerario pausado de Kenney atravesando estancias a cual más barroca y bizarra es una imagen perfecta del conocimiento psicológico que se formará de su defendido hasta que sus iniciales objeciones y dudas se esclarezcan y se centre en la tarea de evidenciar la realidad de los acontecimientos ocurridos con la frialdad aséptica necesaria para tal labor.

Por otra parte, Spector se muestra convencido de ser la víctima de una conspiración contra él precisamente por su singularidad pero no admite la derrota y demostrará su orgullo exhibiendo las más espectaculares pelucas cada vez que tiene público, tratando de imponer sus extravagancias, seguro como está de ser inocente del crimen que se le imputa.

No hace falta señalar que la banda sonora es totémica para algunos y absolutamente desconocida para la mayoría; el metraje es ajustado, hora y media canónica; lástima que poco a poco Mamet va perdiendo la fuerza expresiva y la cámara acaba por resultar adocenada y previsible, como si la atención dispensada al magnífico texto fuese suficiente para contentar al espectador exigente: no es así.

El guión de Mamet merece un director más atento a lo que se está contando y sobre todo a la forma cómo se cuenta. Hay un cierto desequilibrio en el conjunto: las ideas expresadas a través de los diálogos no alcanzan a ser revolucionarias en una contención que se advierte no impuesta y refulgen como faros en la mar bravía de la mediocridad complaciente con el sistema establecido: las dudas relativas a la intromisión de los prejuicios de toda clase en una sociedad supuestamente libre es una llamada que el Mamet intelectual formula pero que el Mamet director de cine no acaba de remarcar con la debida fuerza.

Como sea, esta es una película dotada de un guión inteligente y muy bien escrito y unos intérpretes brillantes nos lo sirven con entereza y fuerza y aunque su exhibición se haya reducido a las televisiones, no por ello deja de ser una pieza imperdible para cualquier cinéfilo.





Plus: Para que Ben E. King tuviera claro lo que se le pedía, Phil Spector hizo esta demo. Phil sabía lo que exigía.
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