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divendres, 2 de juny de 2017

Friedrich Dürrenmatt en 1958 y 2001 (II)




La envidiable calidad intelectual de Friedrich Dürrenmatt que le permitía mostrarse polifacético a muy buenos niveles seguramente fuese la razón por la que el escritor helvético decidiera retocar, redondear, finalizar y en definitiva, para lo que nos interesa, alterar parcialmente su propia obra. Ese remodelaje se hace evidente en el ejemplo que citábamos hace poco, señalando la pervivencia de su teatro, focalizado en Proceso por la sombra de un burro, pieza que a buen seguro difiere en su presentación teatral de lo que en principio fue guión radiofónico, con independencia ¡ay! de la costumbre de algunos directores teatrales de "escribir su propia versión" de una obra terminada.

El apunte teatral viene de nuevo de perillas y no porque pretenda referirme al supuesto "homenaje" que uno que pasa por escritor haya podido realizar a la película El cebo al punto de "aprovechar" también el trabajo del célebre JANO como cartelista de lujo.

Pero indudablemente la costumbre de Dürrenmatt ha provocado no poca confusión que explicaré brevemente tal como la he entendido suponiendo que acierto:

Ejerciendo su derecho de autor de la idea básica y evidentemente no satisfecho del todo con el resultado obtenido en pantalla, Dürrenmatt se aplicó a remodelar el guión escrito para El cebo y con una brevedad encomiable (para un editor, desde luego) presentó una novela que tituló La promesa añadiendo un subtítulo: Réquiem por la novela policíaca.

Tampoco es que se trate de una venganza ni de un interés específico del autor de cancelar su unión con una película de cine negro: Dúrrenmatt, según sus propias declaraciones, quiso -y consiguió- ampliar el relato policial y reconvertirlo en un estudio de las virtudes y vicios humanos, explicando con detalle las circunstancias, hechos queridos e impuestos, actos que conforman unos caracteres psicológicos ya apuntados en el guión cinematográfico y ampliados en la novela, que merece ser leída y especialmente por quienes hayan visto El cebo.

Aunque Dürrenmatt de alguna forma pretenda desligarse de El cebo e incluso del factor detectivesco, es evidente que admite la posibilidad que el futuro lector de la novela haya visto la película, pero ello no tan sólo no le molesta. sino que, muy al contrario, esa memoria visual le ayuda; porque ha realizado modificaciones: algunas triviales, centradas en detalles que no vimos en el metraje rodado por Vajda, pero otras de calado, muy importantes: desplaza el interés del lector de la intriga que trata de resolver el comisario a cómo ha acabado la historia en la forma en que se nos presenta, pues Dürrenmatt no duda en aplicar a su novela la técnica tan cinematográfica del relato narrado en clave de pasado: ¡un flashback! dirá el cinéfilo: pues sí, un apasionante flashback, muy bien escrito, una disección tanto del alma humana como también de una sociedad en cuyo seno ocurren crímenes execrables, en ocasiones con algún que otro beneplácito inesperado. Por resumir, diría que Dürrenmatt sigue centrado en el policía Matthai pero ahora, en las consecuencias de su decisión, que no serán tampoco gratuítas para la pequeña Annemarie y su madre, en un final muy amargo.

La estructura elegida por Dürrenmatt para su novela no desvanece, a pesar del subtítulo referido, el interés que pueda tener el fiel lector de tramas detectivescas porque el estilo literario del novelista, notable dramaturgo, domina el tempo a través de diálogos precisos y ajustados y los acontecimientos que ayudarán a desvelar parte del enigma aparecen en el momento oportuno. La novedad radica en el efecto que todo ello causa en el verdadero protagonista de esta historia sobre un tercero que nos cuenta, substituídos nosotros, lectores, en la figura de un oyente escritor.

La pronta aparición de La promesa y el tiempo transcurrido, unido todo ello a la falta de curiosidad y tiempo para buscar, ha conducido a un error común en varios lugares donde uno suele recabar información básica: quede claro, de una vez y por todas, que la película de Vajda es anterior a la publicación de la novela La promesa y que, aún teniendo parentesco por filiación paterna, la película, como ya dije, pertenece a tres padres, y la novela, a uno solo.

Ya en este siglo aparece en las pantallas de cine una versión de La promesa, iniciativa del actor y director Sean Penn.

No hace falta imaginar cómo llegó a su interés, bien como resultado de haber visto El cebo, bien como efecto de haber leído La promesa, bien por ambas, bien, como cabe en pura lógica, por el interés de Penn acerca de Dürrenmatt, siendo indudable, vista su trayectoria, que Sean Penn es un actor que lee algo más que guiones.


Su película, titulada The pledge (2001) (el tonto traductor de turno pierde la oportunidad de la relación con la novela y original y más chulo que un ocho, lo deja como El juramento), a poco que se repare en el grupo de participantes huele a salchichas quemadas en una barbacoa, cervezas frescas y remojones en una piscina "y luego hablaremos de una idea que he tenido"

La pareja Jerzy & Mary-Olson Kromolowski se encargan de confeccionar un guión que sigue con bastante fidelidad -yo diría que excesiva- la novela escrita por Dürrenmatt, realizando algunos pequeños cambios, más que nada adaptaciones podríamos decir que "territoriales" no en vano la acción se traslada de continente, evidentemente para mayor comodidad y economía y buscando la empatía del estadounidense medio.

El elenco está formado por los más allegados a Sean Penn, incluyendo a la entonces su esposa, Robin Wright, que, con el cabeza de lista Jack Nicholson y la niña Taryn Knowles, realizan unas representaciones que van del histrionismo más desatado al control inusitado de unas emociones desatadas que vienen a convertirse en verdadero lastre.

La película de Penn goza de la contribución de muy buenos intérpretes en papeles tan cortos que son casi cameos. Lástima que no haya por ahí ningún director capaz de haber organizado un ensayo previo sin salchichas ni cerveza y que con independencia del afecto y cariño que como amigo sienta, sepa ponerse serio al momento de solicitar una nueva toma y, si es el caso, comentar aparte aspectos que se van al diablo a causa del buen rollete.

Lo mismo ocurre con una moviola que se revela ineficaz, permitiendo que la pieza se desmande y se alargue hasta los innecesarios -y a todas luces excesivos- ciento veinticuatro minutos, más de dos horas para trasladar una novela corta que no llega a ciento sesenta páginas.

El cinéfilo supondrá que el gran Jack estará desatado y nada más lejos de la realidad. Nicholson evidentemente se leyó no pocas veces la novela de Dürrenmatt y captó perfectamente la psicología e idiosincrasia del policía insatisfecho, pertinaz, constante, un tipo de esos capaz de practicar un agujero en el hielo y pasar horas aguardando que pique un desgraciado pez. Diría que lo mejor de la película es el trabajo de Nicholson y de Robin Wright y lo peor las amistosas contribuciones de Aaron Eckhart y Benicio del Toro, tanto como la falta de pulso de Sean Penn en el momento de imprimir un ritmo correcto a la película.

Esta película tiene un valor añadido para el cinéfilo: si lo pensamos bien, es una demostración patente de las dificultades de trasladar según qué novelas al cine: recordemos que La promesa es una novela nacida a partir de un guión cinematográfico y, vista The pledge, uno diría que, para conseguir una buena película de ese material, sería aconsejable eliminar inicio y final, y, más o menos, confeccionar un guión semejante al de El cebo. Un debate que, a priori, parece interesante. Y entonces, sí que nos encontraríamos frente a un refrito, cual no es, en verdad, el caso.

Habiendo visto El cebo y leída La promesa, ver la película de Sean Penn es un ejercicio interesante, aunque la película, en sí misma, no pase de correcta.









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